El poder de la prosa:
Para mientras vivamos: nueve narrativas por Peter Robertson Traducido del inglés al español por Marina Kohon
Parte seis: Borrados
Sin tapabocas, la fuerza del virus atemperada, nos dispusimos al final a reanudar los muy trillados caminos de nuestras vidas, nuestro breve júbilo fue solo un mero momento como un suspiro en nuestro tomar conciencia de que muy pronto seríamos borrados: sin ojos para ver; sin oídos para oír; sin narices o destellos de fosas nasales para oler; sin boca para degustar o hablar.
Después de siete años de silencio, la invitación a tomar un café y charlar que me había hecho un autor argentino me tomó por sorpresa, pero dada la afinidad que sentimos cuando nos presentaron, sería ir demasiado lejos decir que su propuesta salió de la nada.
En su e-mail, desapercibido en el flujo diario de spam, y que yo tan fácilmente pasaba por alto, él sugería que nos juntáramos el siguiente miércoles en su más apreciado lugar, un café del centro comercial decorado con fotos enmarcadas de puntos de referencia sicilianos, lo que lo impregnaba de nostalgia italiana.
Propusimos coordenadas para nuestro encuentro de mitad de semana y me pidió que lo contactara si llegaba a idear un plan mejor. Eduardo me contó que en los últimos años su vida había experimentado muchos cambios, y hasta golpes duros, pero en vez de expresar sus triunfos y por sobre todo sus infortunios por escrito, prefería esperar el día en que con sendas tazas y sentados confortablemente, pondríamos el mundo en su sitio con nuestra conversación de corazón a corazón.
El encierro por la pandemia, impuesto por el gobierno, terminó, y yo me sentía muy distinto de la mayoría que evocaban a los animales cuyos cuellos un momento antes habían estado atados a los postes, salían entusiasmados a explorar el interior de una tierra con un espíritu de anticipación reprimido y esperanza renovada.
Después del fracaso de mi cirugía ocular por cataratas, y quizá de hasta un trabajo berreta, creció mi desconfianza para cruzar las avenidas anchas de la ciudad, y mi vida comenzó a desarrollarse dentro de los confines de unas pocas tranquilas cuadras cerca de mi casa.
Pero en ocasiones, tal como el encuentro programado con Eduardo, me era aún bastante fácil parar un taxi, y en quince minutos ser transportado hasta el centro de Buenos Aires.
Mirando por la ventanilla del auto, todo lo que contemplaba de otro color, estaba cubierto por una niebla blanca. Pensé en la primavera siguiente, deseando creer que mi próxima operación sería exitosa y que a pesar de todo el interludio borroso, mis ojos festejarían los brotes lilas de los jacarandás, pero sabía que todo sobre esa estación era incierto.
Al entrar al café no podía distinguir a Eduardo de los otros clientes, pero no saq ué el celular para alertarlo sobre mi presencia porque sentí casi inmediatamente su mano tocar mi brazo y guiarme hacia una mesa cercana.
Mientras que no podía discernir sus rasgos con ningún grado de precisión, noté sin embargo que sus hombros estaban más encorvados que antes, su cara más demacrada y no podía dejar de pensar en que antes de mi llegada sentado solo bajo una imagen sepia de una casa milenaria encaramada sobre una roca, debía haber representado una figura solitaria, si no desolada.
A pesar de que un aura, aunque débil, de antigua grandeza aún prendía de él, era difícil creer que era el mismo Eduardo Cristobelo que había escrito tres novelas, ahora todas fuera de circulación, y que había sido alguna vez la estrella de un grupo de admiradores literarios enamorados.
Me contó que había tenido que enfrentar muchos desafíos, que se había separado de su esposa, y luego divorciado, que se habían vuelto a reunir pero que unas pocas semanas después, el conflicto entre ellos se había reavivado una vez más.
Y luego fue su problema de próstata, así como también un trastorno de su espina dorsal, que aún debía ser diagnosticado, que lo atormentaba de dolor por las noches.
Y como si esas dolencias no fueran suficientes, su hijo, que había comenzado a beber había caído aún más bajo, en una espiral descendente de deudas.
Al poner su taza de café sobre el plato, me dijo que nunca había olvidado las palabras acuñadas por un escritor inglés, que todos éramos piedritas en un mar embravecido.
En mi mente, yo caminaba por una playa a la noche, temeroso del azote de las olas que sin ningún aviso, me podrían barrer.
Pensé en cada piedra, sacudida alrededor, y luego arrastrada hacia la playa y respondí, “todo se soluciona”.
“Sí”, me dijo, “al final”.
The International Literary Quarterly
For As Long As We Live: Nine Narratives by Peter Robertson