|
Parte Tres: El nuevo mundo
Y pensar que yo, que nunca aprendí a nadar, pude mantenerme a flote en ese necesario y frenético momento hasta que, con brazos fuertes, él me arrastró y salvó del ataque implacable del océano hasta la balsa.
Pero a pesar de mi rescate, antes del mediodía siguiente fui golpeado por la ola de certeza de que, despojados del agua adecuada para beber y quemados por el despiadado calor del sol, y si no hubiera sido por todo el pescado fresco que pudimos encontrar para alimentarnos, habríamos muerto sin duda alguna.
O quizás, cuando dormimos a la noche sobre ese simple tablón de madera, en semejante vastedad plagada de tiburones, podríamos haber sido desgarrados en jirones, nuestras entrañas un banquete para los dientes afilados.
Cuando era un chico, en ese pueblo del norte español azotado por la lluvia, había caminado por la costa y, mirando al horizonte, había pensado en esas almas fuertes quienes, seducidos por el oro, se habían aventurado hacia tierras distantes.
Cuando crecí, deseé ser un gran conquistador como Cortés o Pizarro, y no sólo el conquistador de imperios, sino el vencedor de los corazones humanos, al poder influenciar a esos extraños hombres que llevaban puestas esas máscaras paganas y plumas de pavo real, que me mirarían fijamente con sus ojos inexpresivos, y que en una lengua extraña para ellos, les cantaría las alabanzas de la justa doctrina de Jesucristo Nuestro Señor.
Y salvado en su gracia divina, sabía que ningún daño me ocurriría, en tierra por empalamiento por un salvaje arco y flecha, o en el mar, tragado por un remolino a lo profundo de la contenida furia de una tormenta, sino que caminaría una vez más por el sendero familiar a nuestro hogar donde, sentada junto a la ventana, mi madre había estado esperando, mes tras mes, mi retorno.
Al verme, correría hacia la puerta, las arrugas incrustadas por los años de preocupación en su rostro se desvanecerían, me abrazaría, como si nunca más me fuera a dejar ir, y bailaríamos al compás del júbilo que resonaba dentro nuestro.
Admirando mi jubón de seda y gola almidonada, estaría perpleja cuando yo sacara de mis bolsillos un puñado detrás de otro de valiosas joyas, con imágenes de cóndores, pumas, y serpientes, fabricados en oro y rodocrosita roja. Y luego, como para recuperar el equilibrio, se desplomaría en una silla, su cuerpo retorcido por sollozos al darse cuenta de que sus días como costurera, sus dedos trabajando sin parar hasta las tempranas horas de la mañana, finalmente habían acabado, y que se mudaría con su hijo a algún palacete, donde se reclinaría junto al fuego, y contaría las cuentas de su rosario o abrigada por el fuego lento de las brasas, quedándose dormida.
El día, con su globo resplandeciente en un cielo azul celeste, no nos sería negado, y pronto nosotros, cincuenta hombres entre los veinte y treinta, dejábamos atrás la costa en un pequeño galeón, totalmente equipado que se dirigía hacia altamar y hacia exóticos reinos que empequeñecerían incluso a nuestras imaginaciones más febriles.
Bajo un negro y lustroso dosel de estrellas, tomábamos turnos para dirigir nuestro velero por un suave curso, con aquellos que no estaban de guardia hacíamos lo mejor para sacarlos de sus abarrotados cuartos infectados de alimañas, para jugar a una interminable sucesión de juegos de cartas, o contar historias increíbles de pasados poco probables de explotación de mujeres.
Uniéndome al sórdido festejo para que mi mirada constante hacia Santiago, un muy buen mozo navegante de Cádiz, fuera tomada ligeramente, sabía que sería un riesgo decir una palabra sobre el amor que sentía por otro hombre, una pasión que no había confesado al sacerdote local, consciente de que mi secreto, una abominación a las Sagradas Escrituras podría, si fuera revelado al Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición, haberme llevado a ser quemado en la pira.
Pero, era mi propio pensamiento anhelante ¿o era que Santiago lejos de ser un potencial informante, era un muy dispuesto cómplice, y más y más sus ojos buscaban los míos en un ruego silencioso?
Y hubo muchas veces en las que, en la oscuridad, casi no pude contenerme de rodar desde mi colchoneta hacia la de él, y si me hubiera desconcertado con un reproche estudiado, podría haber culpado por mi desplazamiento al mar turbulento.
Preguntándome si alguna vez volveríamos a tierra firme, parecía que teníamos firmado un pacto con un tramo interminable de agua, ocupados en una charla de camaradería, engullendo nuestra carne salada, queso, y galletas marineras, empinando nuestra cerveza, pero una noche la tormenta apareció de la nada.
Ahora que lo pienso, al haber estado la tardecita tan asombrosamente calma, no deberíamos haber estado tan satisfechos, ¿pero cómo podríamos haber predicho, que los truenos y relámpagos asolarían el cielo, y que olas gigantes se levantarían para devorarnos, que nos sumergiríamos tan rápido?
Y al hundirme, fui llevado hacia la superficie y arrastrado por Santiago, quien me levantó, de un tirón, hacia la balsa.
Después de sacar el agua de mis pulmones, me dio un beso en la frente, y luego otro en mis labios, y al yacer en un abrazo apretado que haría nuestras muertes mucho más fáciles de soportar, sólo rogué no morir demasiado antes que él, o demasiado después.
Pero ahora, habiendo sobrevivido al naufragio, muchísimos hombres se trepan a la balsa, y sabiendo que no tenemos demasiado tiempo, y que aún si mantenemos a raya todas las demás enfermedades, seremos quemados en las horas en las que el sol es más cruel que una fogata, seremos en cuestión de segundos una pila de carne retorciéndose, desesperados por arrebatarle algo de placer a la perspectiva del vacío.
Leer Parte Uno: Cayendo en picada como plomo en español
Leer Parte Dos: El árbol en español
Leer Parte Tres: El nuevo mundo en español
Leer Parte Cuatro: El grillo en español
Leer en inglés:
Part One: Plummeting Like Lead
Part Two: The Tree
Part Three: The New World
Part Four: The Cricket
Part Five: Love, Hate
Part Six: Effaced
The Power of Prose
|