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Parte uno: Madrid
Fiel a mi herencia europea, después de tres años de vivir en Argentina, añoraba el Viejo Mundo: Escocia, donde yo había nacido, y a la que continuaba amando; Londres, donde había pasado tantos años intensos, y que me había otorgado una completa nueva identidad; y España, o al menos Madrid, la cual, como acostumbraban decir los madrileños, estaba a un paso del cielo.
No era que durante mis cuatro largas estadías fuera a considerar a la capital española como una especie de aproximación celestial, porque mi propósito era regodearme en las turbias aguas de la carne humana y, una vez que el deseo se saciaba, partía otra vez en mi búsqueda como traductor literario de textos infravalorados de algún que otro escritor.
Cuando no me encontraba tomando un tomo polvoriento de un estante, o deambulando cerca del monumento del Ángel Caído en el Parque Retiro de Madrid, cuidando al atardecer de no desviarme por los pasajes angostos adyacentes, ya que había habido reportes de apuñalamientos, iba hasta un bar local donde, me sentaba afuera en el calor que declinaba, ordenaba una buena botella de vino tinto, como un La Rioja o un Ribera del Duero, y comida sazonada con ajo.
Empujando la botella vacía a un lado, al caminar por la calle empinada hasta mi departamento en el barrio Latino, me imaginaba que las sombras que proyectaban las lámparas de la calle eran los fantasmas de amantes muertos o que se habían ido largo tiempo atrás.
Muchas noches, intercambiaba miradas con un hombre expectante en una puerta o en una esquina y, demasiado pronto, nuestros cuerpos se entrelazaban pero, atados más por la lujuria que por el amor, y antes del amanecer, le decía adiós a otro extraño más.
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The Power of Prose
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