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Parte dos: Londres
Madrid fue siempre muy querida para mí, pero comencé a extrañar Londres, deseoso de ser animado por el inimitable sentido de humor de mi madre, y por pasar prolongados períodos de tiempo con Nora, quien había sido cantante clásica, y que se había ganado mi cariño y suplantado a mi propia abuela, y esto fue confirmado muchos años después, cuando en la misma llamada mi madre me dijo que mi abuela había muerto hacía dos días, y Nora al día siguiente, y rompí a llorar sólo por el fallecimiento de la última.
Durante lo que me pareció una eternidad de días y noches, mi madre y yo nos sentábamos en la sala de estar de Nora en el norte de Londres, nuestra anfitriona, restringida de hablar la mayor parte del tiempo sobre haber sido cegada por una bomba a la edad de treinta y cinco durante el bombardeo aéreo de Londres, entonces se abría mucho más sobre su amistad con John Ellerman, el magnate naviero que había amado el centro turístico de Menton con sus limoneros, en la Riviera Francesa, con otra gran pasión que fue el estudio de roedores, y sobre el cual él había escrito un libro muy acreditado.
John Ellerman murió a los sesenta y tres, y Nora, que ahora está promediando los ochenta lo sobrevivió y, al beber en sorbos el whisky de malta que le había llevado, transportado desde mi departamento en los sórdidos límites de Islington hasta la casa de Nora en la frondosa tranquilidad de Hampstead, crecí en el consuelo de que ella por lo pronto no nos dejaría.
La lluvia azotaba la ventana, y mi madre que había llegado antes que yo, no perdía detalle de cada palabra de Nora al contar sus memorias de una edad que nunca habíamos vislumbrado, la de Jorge V, quien había sido coronado rey cuando Nora tenía seis años, y que había muerto tres años antes del comienzo de la Segunda Guerra Mundial.
En mi juventud, había imaginado esas hostilidades como un evento distante, que se había desarrollado en algún punto lejano de la historia, y fue sólo más tarde que me pregunté si los nietos de mis sobrinas, al mirar mis manos surcadas por la artritis como habían estado las de Nora, se maravillarían al percatarse de que yo justo había nacido quince años después de que el conflicto terminara.
Pensé en cómo Nora debió haber sido de joven, hasta que en 1940, los alemanes dejaron caer sus diabólicos explosivos sobre sectores de Londres, y osando abrir sus ojos para dar testimonio del resplandor, la visión de Nora fue brutalmente extinguida.
Nora era reticente sobre su pasado, y yo era consciente de que nunca podría ver demasiado lejos en su larga sombra como para saber si allí se refugiaba algún gran amor.
Pero quizás la oscuridad que la había envuelto la había alejado del contacto humano, o del hombre que, si hubiera sobrevivido, le habría propuesto matrimonio, si no hubiera sido condenado a muerte en las trincheras de Somme.
Al intercambiar miradas con mi madre, yo estaba perplejo por algo inconmensurable que se aferraba a ella, algún secreto profundamente guardado que ella nunca desenterraría.
Por mi parte, si hubiera tenido un interés romántico mientras estaba en Londres, hubiera sido muy probable que renunciara a mi plan de retornar a Buenos Aires. En todo caso, al acercarse el día de mi partida, pensé más y más en aplazarlo. No es que pedí prestada la frase de James Joyce, que todos los mares del mundo se echaron en mi corazón, ya que vivía en la era de la aviación, pero durante mi viaje inicial a la Argentina, había sentido una especie de cordón umbilical espiritual que me conectaba con mi madre, con Nora, y con Europa, que se estiraba, y yo temía que si lo estiraba una segunda vez, se cortaría.
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The Power of Prose
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