|
Era, recuerdo, una mañana como cualquier otra. Cuando sonó la alarma del despertador, intenté engañar al tiempo enterrando mi cabeza más profundamente aún entre sus brazos, pero la inexorable carrera de los minutos no se detendría y mi deseo sería frustrado, me balanceé precariamente en el borde de la cama, y luego me levanté.
Por debajo, enmarcado por un paquete de cigarrillos Rothmans y una novela con las puntas de las hojas dobladas, Martín se reclinó, sus dedos tratando de alcanzar con anhelo una presencia reciente. Mi mirada, que no sería desviada, se ató a su firme carne boca abajo, adornada con un desorden de pelos negros que lo recorrían hacia abajo desde la zona lumbar.
Con sólo veinte minutos para ducharme, afeitarme y preparar un improvisado desayuno, todavía no podía juntar las fuerzas para dejar su compañía, y sentándome otra vez algo riesgosamente en la cama, me quedé observando a este hombre que había sido mi pilar, casi desde el momento en el que llegué a la ciudad, intercambiando las laderas nevadas que rodeaban el pueblo escocés por el demasiado familiar goteo-goteo-goteo de la lluvia londinense.
Para combatir el mal clima nos refugiamos en una pequeña casa adosada a otras que formaban una fila deprimente que se unía a otras filas interminables, encasillando su apagada uniformidad, y bloqueando la vista al parque de otro vecindario más saludable.
Y luego llegó el día, gracias a una amable intervención de un amigo, e inicialmente desacomodando mis ideas, que Martín propuso la idea de mudarnos a la torre. Había mucho a lo que oponerse, no sólo por la monstruosidad monolítica, o por nuestro fobia compartida a las alturas, sino por el incesante chirriar de las ventanas con el viento, el temido descenso de los ascensores al ser lanzados aparentemente sin control en el vacío, y el verosímil mejor amigo que te podría empujar, no tan involuntariamente, del balcón.
Pero estábamos cansados de nuestra deplorable residencia, con sus cuartos atiborrados, sus manchas de humedad y plaga de ratones y, como podíamos asegurar el departamento en la torre con sólo un mes de renta adelantada y no había necesidad de hacer un depósito, una bendición, ya que sólo una escasa suma sería reunida entre mi trabajo de oficinista sin futuro y el magro sueldo de Martín por las clases privadas de matemáticas y las horas de servidumbre en el bar local, apaciguamos nuestros peores miedos y levantamos el campamento con rumbo al éter, nuestros cuerpos desechos se enredaron en la noche a pesar de la tormenta de lluvia.
Demasiado consciente de que mi ensoñación me hacía perder cada segundo, me encaminé hacia la cocina para poner dos huevos en la olla, deseando que hirvieran antes de tiempo. Me duché más rápido de lo que me tomó meterme en ella, recuperé algún tiempo no afeitándome, una barba incipiente de unos días que era furor, de todos modos. Mirando por última vez a la cama en la que yacía Martín como si fuera un moribundo, no tuve el corazón para despertarlo de su sueño y decirle adiós, y cerré la puerta detrás de mí sin hacer ruido.
Me alivió no encontrarme con ninguno de nuestros vecinos más conversadores mientras el tubo metálico empeoraba mis terrores con cada golpe seco y se estremecía al bajar los veintiún pisos. Pero luego, cualquier alivio que pude sentir al dejar la torre fue contrarrestado por el torrente de lluvia que azotaba desde el cielo, y que me forzó, al tener que esperar el colectivo, a buscar refugio bajo una arcada.
Llegó el colectivo de dos pisos, lo abordé y subí las escaleras, y me hice camino hacia el fondo, donde, al sentarme, sequé la condensación del vidrio. A medida que el torpe gigante enhebraba su camino a través de las callecitas angostas alineadas por casas raídas, me encontré preguntándome, si en mi apuro, no había dejado la puerta del departamento entreabierta.
Traté de aplacar mis peores imaginaciones recordándome lo ansioso que me había sentido últimamente, impulsado a la distracción por mi trabajo mundano, con sus largas horas, tareas repetitivas, y paga irrisoria. Pero mi aprensión creció en forma imponente al vislumbrar los dos huevos en la olla sobre la llama que podría haber olvidado apagar y que ésta se acercaría amenazante hacia el mantel del té, peligrosamente cerca de la superficie aledaña a la cocina.
Desesperado tratando de disipar mis desenfrenadas manías, y con el sonido de la voz de Martín a una llamada de distancia, hurgué en los bolsillos de mi campera, y a pesar de mi búsqueda frenética, no podía encontrar el aparato. En pánico, me pregunté si no se había caído o si me lo habían robado, pero recordé que lo había dejado cargándose en la mesa de luz, y me dije a mí mismo que era demasiado tarde para volver a casa y recuperarlo.
Con mis pensamientos en el trabajo, me di cuenta de que no soportaba un día más teniendo que congraciarme con mi jefe, articulando cumplidos que hasta acá ya se habían agotado y, antes de que el colectivo girara hacia la calle de la oficina, me había bajado.
Llegué hasta una plaza cercana y, secándome los filamentos de la lluvia, me senté en un banco. Más allá de la calesita y de las hamacas, unos pocos muchachos gritaban, jugando con una pelota. Uno se acercó y me pidió un cigarrillo, le dije que no fumaba y le di unas monedas para que comprara uno suelto en algún kiosco cercano. Agradeciéndome, se escurrió para reunirse con sus amigos.
Seguí el camino que llevaba al canal. Y de repente me encontré cara a cara con un negocio tapiado que alguna vez había vendido artículos para botes. Para evitar empaparme con otro chaparrón más, me paré debajo de un toldo y miré a la lluvia golpear el agua cubierta de algas.
Una barcaza atada al muelle casi no se movía, y esa era la sombría escena delante de mí, que me hacía revivir las imágenes de una novela de Charles Dickens que había leído en la escuela en la que me había ido bien en inglés, suficientemente como para haber ido a la universidad, pero para lo cual me faltaron ganas.
En lo que respecta a mi trabajo, llamaría al día siguiente para explicar que por tener que resolver un problema familiar no podría retomar. En un día o dos, buscaría otro trabajo temporal, apuntando a mantenerlo un par de semanas.
Martín se sorprendería al encontrarme en casa tan temprano, como siempre me daría su apoyo, preparándome una cena consuelo con vegetales, arroz y algún curry que encontraría en nuestra alacena. Hasta tendríamos una botella de vino barato en la heladera y escucharíamos música relajante que sellaría nuestro sueño.
Hice de mi caminata bajo la lluvia un respiro, desandando mis pasos hasta la parada de colectivo y unos minutos más tarde iba en dirección a casa.
A través de la ventanilla húmeda, observé la vida que se jugaba en las calles y me llamó la atención el horizonte desprovisto de todo color.
Bajé del colectivo en el cruce y estaba a unas pocas cuadras de mi destino, cuando me dejó desconcertado cómo la tarde se había vuelto tan agobiantemente calurosa, su aire reseco pegándose en mi garganta. Doblando la esquina, miré hacia la torre, pero me cegó la densa cortina de humo que bloqueaba el aire. Era inaguantable para mí pensar a Martín en el incendio, quien nunca podría ser reemplazado, sin duda reducido a cenizas, y sin mencionar todos los hombres, mujeres y niƱos, sus brazos agitándose en la desesperación en los bloques de concreto al hacer equilibrio en los filosos bordes de los alféizares de las ventanas que eran obligados a la elección infernal entre incinerarse o tirarse al abismo del espacio vacío. Y todo porque no tuve la claridad mental para hervir dos huevos y apagar la llama.
Citado a declarar, ¿yo admitiría la negligencia, o me fugaría a un continente lejano, pediría refugio con una identidad falsa, de modo tal que mi identidad no fuera descubierta, aprendería una lengua extraña sin ningún rastro de acento extranjero, aunque al final fuera asediado en este puesto fronterizo, sólo para ser desalojado de mi escondite mientras me encojo del espanto con el golpe en la puerta?
Despertándome con un sobresalto, veo que no hay tal puerta, sino un fuerte viento golpeando la ventana. Toso cuando Martín, acercándose al balcón, le da una pitada al cigarrillo. Su colilla ahora en caída libre, él vuelve, y tocando el sudor de mi frente, se mete en la cama. Avanzando hacia él, apoyo mi cabeza en su hombro, y una vez más cierro mis ojos.
Leer Quemando la torre en inglés
The Power of Prose
|